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Nada de esto fue un error

Por Virginia Tomass *

La influencia del Fondo Monetario Internacional en la política argentina y en la región, no configura ninguna novedad. En todos los gobiernos se tuvo que lidiar con sus exigencias resistiéndolas o adoptando las mismas sin discusión, pero siempre estuvieron presentes.

En 1956 el gobierno de facto que conducía Pedro Eugenio Aramburu decidió hacer un pedido de asistencia al FMI, que accedió con gusto a prestarle dinero a la Argentina. Cuando terminó la mal llamada “Revolución Libertadora” dejó más de mil millones de dólares en deuda externa. Arturo Fondizi supo agregarle otros ochocientos millones a esa suma y luego del gobierno de José María Guido ya le debíamos al organismo de crédito más de dos mil millones de dólares. Comenzaba así, una novela que terminó Néstor Kirchner en 2005 y que se reabre hoy bajo la presidencia de Macri, motivando estas líneas.

Raúl Alfonsín tuvo muchas negociaciones con el FMI, por una deuda que por 1984 ya ascendía a los 45 mil millones de pesos. Hiperinflación y golpe económico mediante, aquella administración entregó el poder en 1989 debiéndole al Fondo 90 mil millones de dólares.

Durante el Gobierno de Carlos Menem la relación fue “fluida” e incluso “carnal” como suele recordarse. El menemismo hizo un verdadero culto de la toma de deuda y siempre recibió con los brazos abiertos las indicaciones del Fondo en cuanto a medidas internas.

Al momento de dejar la Casa Rosada, 1999, Menem había elevado aquel pasivo a 111 mil ochocientos millones de dólares. Y lo que viene después es De La Rua, Megacanje, corralito y el final conocido por todxs nosotrxs.

La decisión de pagarle toda la deuda al Fondo Monetario Internacional utilizando reservas del Banco Central, tomada por el presidente Néstor Kirchner en 2005 fue recibida como una señal de autonomía y de esperanza en la región, ya que muchos países sometidos a las prácticas regulatorias del organismo, debían reestructurar sus deudas periódicamente sacrificando posibilidades de desarrollo.

Cavallo, Menem y William Rhodes, titular del Citibank y socio de David Rockefeller

Volver a pedirle prestado al FMI, implica volver a acordar condiciones y en todos los casos, son esas condiciones justamente las que impiden a los países deudores desarrollarse. Bajar el gasto público, reducir cargas laborales, subir los impuestos y flexibilizar el trabajo son algunas de las indicaciones siempre presentes en las recetas del prestamista. Claro que al dificultar el desarrollo de un país, se dificulta también su capacidad de cumplimiento, pero como todxs saben, el negocio del que presta es que nunca terminen de devolverle.

Que hoy, la Argentina esté recurriendo nuevamente al fondo para pedirle en esta oportunidad, 30 mil millones de dólares, no debería sorprendernos. Se trata de una acción que estuvo siempre entre las intenciones de este Gobierno, incluso antes de serlo.

Tras la salida del ministro Alfonso Prat Gay, Macri decidió endurecer su postura pro mercado y apuntó a dos nombres para ello. Nicolas Dujovne, quien además de ser columnista de TN, se había desempeñado entre 2001 y 2011 como economista en jefe del Banco Galicia y también tuvo un pasado por la función pública como funcionario del gobierno de Carlos Menem, donde se desempeñó como jefe de asesores del vice ministro de Economía Pablo Guidotti entre 1997 y 1998.

En tanto Luis Caputo, quien asumió el control de la otra mitad del antiguo ministerio de Prat Gay, ahora dividido en dos; viene directamente de Wall Street y había sido uno de los negociadores elegidos por Macri para cerrar el acuerdo con los fondos buitre. Fue jefe de área de Trading de Bonos y Acciones de JP Morgan en Argentina y América Latina (entre 1994 y 1998), y jefe de bonos de su filial Europa del Este y América Latina en Londres (entre 1998 y 2003).

El hecho de que Macri mandara a un ex JP Morgan a negociar con los fondos buitres, deja en evidencia un claro conflicto de intereses pero que es tan grave como común en la actual administración.

Ministros Nicolás Dujovne y Luis Caputo

Instalar en el debate público el hecho de que este Gobierno recurre al FMI porque no tiene otra alternativa, es otro logro político de los interese gobernantes, entre los que se incluyen muchos medios de comunicación y por su puesto los capitales financieros.

El pedido al Fondo formó parte del plan desde un primer momento, porque fue el mismo FMI y todo lo que esas siglas representan quien puso a un determinado grupo de varones y mujeres (muy pocas, por cierto) a gobernar el país.

El macrismo accedió al poder para hacer esto y no otra cosa. Cambiemos fue puesto a gobernar para que cumpliera con este plan y no con ningún otro. Macri fue sentado cuidadosamente en el sillón de la Casa Rosada para que este capítulo de la serie se cerrara así.

Y el objetivo final del plan no son tanto las grandes sumas y las deudas ad eternum, sino el mensaje que se envía de esta manera a todos los movimientos populares y democráticos de la región: No se libraran tan fácil de nosotros, parece decir, siempre los haremos volver a nuestra órbita.

Estos intereses foráneos tuvieron que tejer y mucho para que llegara el momento, pero lo hicieron. Fabricaron desde su inicio, al gobierno que les iría a golpear la puerta. Nada de esto fue un error, todo se explica mirando hacia adentro.

*Virginia Tomass estudió ciencias políticas en la UBA, es periodista y escritora. 

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